staba contemplativo, concentrado en
sí mismo. Quería dedicar aquella
calurosa tarde de otoño a otear el
maravilloso paisaje que podía admirarse
a partir de esa altura. Desde el risco,
lograban apreciarse los agostados campos
en toda su magnificencia: los
desordenados árboles de ribera, que
marcaban el recorrido del sinuoso
riachuelo; algún nogal o almendro
solitario campeaba en medio de una
hermosa viña, de cuyas cepas colgaban
los exquisitos y sazonados racimos que
albergaban cual tesoro el precioso
líquido dorado, y que habrían de ser
recogidos durante las vendimias… Más
allá, se vislumbraba la recta e
interminable carretera y, mucho más
lejos todavía, alguna típica
construcción de campo.
Sabía que no podía ser, que ya no
podía dilatar por más tiempo su estancia
en aquel sitio para él tan cómodo.
Pronto, muy pronto, tendría que
marcharse. Uno de esos próximos días,
cuando saliera de su acogedor refugio,
lo haría para siempre. Era una ida sin
regreso.
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Desde el risco, lograban
apreciarse los agostados campos
en toda su magnificencia: los
desordenados árboles de ribera,
que marcaban el recorrido del
sinuoso riachuelo... |
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Disfrutaba mirando los intensos
azules del cielo de Castilla, sin apenas
una nube que los emborronara al amparo
de los generosos rayos de un sol
vespertino aún calcinador. A la vez,
discurría en el modo como decírselo. No
podía abandonar su hogar sin
preguntárselo, sin intentar que, por
fin, tras tanto tiempo de incertidumbre,
ella accediera y se lo contase.
—Mamá, nunca me hablas de papá…
La madre no se sintió molesta en
absoluto. De hecho, pudo incluso
adivinarse un amago de sonrisa en su
dulce expresión. Se rascó la cabeza,
teñida de azulones brillos que
fulguraban a la luz como filigranas de
metal; trataba de hacerse la despistada.
Quería probar suerte, por si la pregunta
no fuera más que un antojo pasajero del
jovenzuelo y el asunto pudiese ser
pasado de soslayo.
Pero no. Ella sabía que, lejos de ser
un capricho, era una necesidad vital.
Alguien que se abre al mundo que le
rodea tras mucho tiempo de silencio se
formula muchas preguntas, y, por
difíciles que algunas sean de responder,
una madre tiene que asumir esa
responsabilidad como una parte más de la
enseñanza ante la vida: el momento había
llegado. Lo tenía asumido.
—¿Cómo era papá? —insistió el
petimetre, sin dejar de mantener la
vista en el paisaje.
—¿Tu padre? —inquirió sutilmente la
madre rompiendo su silencio—. Tu padre
era el ser más maravilloso que jamás he
podido conocer… ¡Salvo tú, claro! Al fin
y al cabo, eres y serás siempre mi
pequeño. ¿Sabes? Te pareces mucho a él…
Él hizo una mueca similar a una
sonrisa, y pacientemente, esperó en
silencio a que la madre prosiguiera su
narración.
—Era el mejor en todo. ¡De eso estoy
totalmente segura! Si no, jamás lo
hubiera escogido como compañero —afirmó
contundentemente la madre como quien
augura un largo parlamento.
El joven se dio la vuelta y, de un
respingo, en un movimiento visto y no
visto, se plantó justo delante su madre.
—¡Cuéntamelo todo, mamá! Pero hazlo
como siempre que haces estas cosas
conmigo. Deja que me acurruque junto a
ti, bajo tu vientre, como cuando era
pequeño. Y, por favor, no pares de
hablar.
La madre alojó tiernamente al hijo en
su regazo y, empleando un dulce y
melodioso tono de voz, se prestó de
buena gana a los requerimientos de su
retoño.
—Nos conocimos por ahí… Ya sabes…
Pertenecíamos a una banda, como
cualquier otro. Todos los miembros eran
cariñosos, divertidos y fáciles de
tratar, pero tu padre, sin duda, era el
mejor. ¡O así me lo pareció!
El pequeño entornó plácidamente los
ojos. Se le notaba muy a gusto
escuchándola, disfrutando del cálido
rumor que irradiaba su garganta.
—¿El que más? —inquirió pertinaz el
jovencete, carialegre, impeliendo a su
voz cierta inflexión melindrosa.
—¡El que más! —respondió ella
concluyente, sin conceder el menor
atisbo de duda posible.
—Sigue... sigue contándome.
—No tardó en galantearme —prosiguió
la madre—. Era lo propio a nuestra edad.
Comenzamos a salir juntos por ahí… Yo
era un poquito tímida, pero él, soñador
que volaba bien alto, no tardó en
transmitirme su fuerza, en crear en mí
la necesidad de lanzarme al vacío, de
soltarme a la vida sin más; de
improvisar el día a día, de disfrutar de
todo esto que los dioses nos regalan tan
espléndidamente. Y pronto, percibimos la
irresistible necesidad de estar juntos,
y supimos que tendría que ser para
siempre.
—Continúa, mamá.
—Construimos juntos este hogar,
brizna a brizna, terruño a terruño, en
el lugar más maravilloso que la Madre
Naturaleza nos pudo brindar, disfrutando
de nuestro amor y respeto mutuo.
—¿Y qué pasó entonces? —preguntó él,
curioso.
—¡Pues que llegó el momento que tanto
deseábamos! Pronto supe que algo se
gestaba en mi interior y que ya no
podría ayudar a tu padre a traer el
sustento a casa. Mi deber, desde ese
momento, era cuidar de lo que albergaba
dentro. De tus hermanos… y de ti.
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Él volaba rasante con una
velocidad como jamás había visto
a nadie hacerlo. Su control era
extraordinario. |
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Se apreció un casi inaudible
cuchicheo de placer. Era él, que sonreía
henchido de satisfacción.
—Algún tiempo después, primero tus
hermanos, y luego tú, llegasteis al
mundo. ¡Eras tan pequeño...! ¡Te veías
tan desvalido, tan necesitado de amor y
cariño...! Ambos cuidamos de vosotros,
pero sobre todo de ti. Tu padre se
encargaba en exclusiva de que no faltase
de nada en nuestro hogar, y, al poco
tiempo, cuando creciste, yo fui la
encargada de abrirte paso a la vida, de
salir ahí fuera, para que lo aprendieses
todo sin excepción alguna. Así está
escrito.
—¿Y erais felices?
—¡Mucho!
—¿Y por qué se marchó papá?
Se hizo un solemne silencio, casi
aterrador, solamente roto por los
grillos y las chicharras que,
majestuosas, proporcionaban esa sinfonía
sonora a los dorados trigales. A lo
lejos, en la carretera, se vislumbraba
la silueta de un coche circulando a gran
velocidad. Ella cerró los ojos un
instante… La hora había llegado.
—Tu padre no se marchó… —le dijo con
cierto quebranto en la voz—. Nunca nos
abandonó. Una mañana, salimos juntos a
recrearnos. ¡Hacía tanto tiempo que no
sentíamos esa sensación de
liberación...! Aquel aciago día, él sólo
pensaba en satisfacerme, en hacerme
feliz, en demostrarme lo mucho que me
amaba. ¡Y yo reía y reía! No me separaba
de él, asumiendo cada trance, cada
sacudida, cada movimiento, como si
fuésemos caballitos salvajes realizando
cabriolas en una pradera…
»Yo era algo temerosa. ¡Pero él no!
—Continuó la madre tras una leve pausa
que le pareció interminable—. Él volaba
rasante con una velocidad como jamás
había visto a nadie hacerlo. Su control
era extraordinario. ¡Sus piruetas eran
magníficas! Y en uno de esos vuelos, se
estrelló contra el parabrisas de un
automóvil que venía más rápido de lo que
estábamos habituados por aquí… ¡Uno como
aquél!
Un estremecimiento recorrió los
cuerpos de ambos, mientras miraban a
lontananza y escuchaban y veían al
vehículo alejándose. El polluelo
solamente acertó a exhalar un tenue “¡Oh!”
como única exclamación.
—Cuando me concentro —prosiguió
ella—, todavía logro recordar el sonido
del tremendo impacto. Me veo girando
caprichosamente en el espacio,
buscándole… ¡Y no lo encuentro! El aire,
sin él, está como vacío… Y entonces, lo
veo allí —continuó después de un breve
silencio—, tendido en el asfalto,
perdiendo el último hálito de vida que
le queda. —Luego añadió: Y yo me quedo
sola, con mi pequeño corazoncito de
golondrina partido en mil pedazos. ¡Y no
hago más que pensar en ti! En cómo haré
para cuidarte, para convertirte en
alguien tan valiente, tan sacrificado y
generoso como lo fue tu padre.
Nuevamente, se hizo un breve silencio
entre ambos.
—¡Ha llegado tu momento! —le dijo
finalmente la madre—. Debes incorporarte
a una bandada, viajar, conocer mundo…
Has de afianzarte en tus creencias,
luchar junto a tus amigos en contra de
tus enemigos y encontrar a la pareja
ideal para crear vuestro propio nido,
vuestra propia familia… Debes irte…
—añadió tras un pausado silencio a lo
que parecía el epílogo.
Enseguida tendría que marcharse.
Despedirse de su madre para siempre.
Volar del nido...
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